En esta edición de las Instrucciones para preguntar, el entrevistado es Antón Castro Míguez, profesor de la UFSCar.

Por Nicole Diassis y Joabson Santos

 

AltaVoz: ¿Por qué ha elegido usted la carrera de Letras? ¿Por qué se ha dedicado a la enseñanza del español?

Antón: He elegido la carrera de Letras por el interés que tenía por las literaturas, lenguas y culturas hispánicas. Inicialmente, no pretendía trabajar como profesor, incluso porque ya me había licenciado en otra carrera, pero, con la expansión del español en Brasil a partir del año 1995, empezó a haber una demanda de profesores y, por consiguiente, muchas oportunidades de trabajo. Empecé justamente con clases de lengua en escuelas privadas y, después, a partir de 2000, en algunas universidades y facultades también privadas. En la Facultad Cásper Líbero, por ejemplo, estuve como que once años como profesor de español para las carreras de Publicidad, Relaciones Públicas y Radio y TV. También fui profesor en la Universidad Presbiteriana Mackenzie del 2007 a 2011. En 2012, ingresé en la Universidad Federal de São Carlos, como profesor de lengua española en el Departamento de Letras. Podría decir que lo que me ha motivado todos estos años a seguir en el área  ha sido el interés que tengo por la lengua española y la satisfacción que mi trabajo me ha traído siempre. Y no te digo que sea un trabajo fácil, ¡para nada! Pero si te comprometes con tu trabajo con convicción y devoción, si te comprometes contigo mismo, seguro que lograrás satisfacción, placer y motivación para seguir adelante.   

AltaVoz: ¿Podría contarnos un poco sobre su línea de investigación en el posgrado, Maestría y Doctorado? ¿A qué se ha dedicado?

Antón: En la maestría, me dediqué al estudio del judeoespañol, una variedad del español hablada por los judíos sefardíes (los de origen español) expulsados de España en 1492. Estos judíos esparcidos por el Mediterráneo y el Norte de África mantuvieron durante siglos la lengua de su tierra natal, es decir, España. Específicamente, en la tesina, traté de entender en qué ámbitos se conservaba esta lengua entre la comunidad sefardí de São Paulo de la época (años 2000) y en qué ámbitos se perdía, desde los presupuestos teóricos de la sociología del lenguaje, especialmente de los estudios de Joshua Fishman y Ralph W. Fasold. Curiosamente, hace algunos meses, me comentó una amiga que actualmente se estudian estos fenómenos en el marco de la política lingüística familiar. En el doctorado trabajé con las cuestiones de géneros y sexualidades en las clases de lenguas extranjeras, desde los presupuestos de la teoría queer. Uno de los objetivos era mostrar la potencialidad del cine queer en las clases de lenguas extranjeras para la desnaturalización y problematización de las categorías identitarias, especialmente las de género y sexualidad. Fue una experiencia muy significativa no solo en el ámbito académico y profesional, sino también en el ámbito personal. Trabajar e investigar desde lo queer te obliga, más que nada, a desaprender, por lo que puedo decir que estoy, desde entonces, en un proceso continuo de desaprendizaje.

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Con sus alumnos en el Departamento de Letras, celebrando la defensa de la monografía de uno de sus orientandos (Foto de Felipe Alves, acervo personal)

AltaVoz: Una de sus líneas de investigación es la teoría queer, que cada vez está más presente en los ambientes académicos, aunque esté lejos de ser un conocimiento de todos. ¿Podría contarnos en qué consiste la teoría queer? Para los lectores que tienen interés en profundizar esta teoría, ¿qué lecturas podría recomendarnos?

Antón: La teoría queer surge en la década de 1990, en el contexto anglosajón (aunque en varias partes del mundo ya se venían publicando trabajos precursores), a partir de la atención puesta por investigadores que venían estudiando cuestiones relacionadas a géneros y sexualidades al activismo queer, principalmente en el contexto estadounidense. En aquel momento, se interesaron particularmente por el tipo de resistencia política que se observaba en las personas que buscaban, no asimilación y representatividad, sino el reconocimiento de sus derechos; personas que no buscaban adaptarse a la sociedad; que luchaban por cambios en la sociedad que efectivamente posibilitasen el reconocimiento de su existencia y sus derechos. Era el contexto de la crisis sanitaria generada por la epidemia del sida y el estado claramente se omitía en la universalización de la atención médica a la población más vulnerable. En las décadas de 1980/1990 se pudo comprobar lo que ya decía Foucault: es en el momento de crisis en que la sociedad se vuelve más conservadora. No obstante los logros del movimiento gay (del que también se excluían los homosexuales negros, latinos, prostitutos y travestis)  por una representatividad positiva de su identidad, con la crisis sanitaria, la sociedad y el estado se revelaron tanto o más conservadores que antes, es decir, los activistas queer entendieron que, mientras no se operasen cambios en el sistema (y me refiero a la heteronormatividad), por más progresos que se conquistasen, el racismo, la homofobia, la transfobia, el prejuicio de clase y nacionalidad etc. (en todos los atravesamientos posibles) permanecerían (algo parecido se ha podido observar en nuestro país desde el año pasado: los insultos machistas a la presidenta de la república, el golpe orquestado por un grupo de políticos bastante conservador, la constitución de ministerios sin la presencia de mujeres, la extinción de algunas secretarias ligadas a una agenda de combate a la discriminación de género, raza y diversidad sexual etc., además de las constantes amenazas que venimos sufriendo las profesoras y los profesores que trabajamos con cuestiones de género y sexualidad en nuestras clases, es decir, la crisis generó retrocesos y recrudeció el conservadurismo). En ese contexto (y aquí vuelvo al tema de la crisis sanitaria de los años 1980/90), tanto activistas como investigadores de género y sexualidad, empezaron a entender que, mientras no se operasen cambios en el entendimiento sobre estas categorías identitarias, se mantendría la hegemonía del hombre heterosexual blanco en el sistema operante. Era necesario, pues, desnaturalizar todas las categorías, entenderlas no solo como construcciones histórico-sociales, sino también como verdades construidas en instancias de saber-poder (en el sentido foucaultiano) que respondían (o siguen respondiendo) a proyectos e idealizaciones de un estado moderno productivo, controlado y propicio a la replicación. Por este motivo, las lecturas y relecturas de Foucault, principalmente de su Historia de la sexualidad, el concepto de différance de Derrida, los trabajos de teóricas feministas y lesbianas (y también de teóricos de los estudios gais) fueron (y siguen siendo) importantísimos para la construcción de una teoría queer, que, en mi opinión, plantea mucho más que la desconstrucción de todas las categorías identitarias: propone, más que nada, nuevas maneras de hacer política (y aquí sugeriría que se retomasen las discusiones sobre activismo político y activismo epistemológico), entiende que el cuerpo también es discurso y también es político y que las identidades son siempre performativas (es decir, tras los giros lingüístico, discursivo, somático y performático, ya no es posible seguir entendiendo las identidades desde bases esencialistas. En términos generales, diría que la teoría queer plantea nuevas posibilidades de ser y estar en el mundo menos violentas y más solidarias. Como sugerencias de lecturas, recomendaría, además de los trabajos de Foucault, principalmente Historia de la sexualidad, y del ensayo Différance, de Derrida, como ya he mencionado, algunos textos de teóricas feministas y lesbianas y teóricos gays, como Adrienne Rich, Monique Wittig, Gayle Rubin, Joan Scott, Teresa de Lauretis (a quien se atribuye la creación de la teoría queer), David Halperin, entre otros; el libro Epistemología del armario, de Eve Sedgwick; y los libros de Judith Butler, especialmente El género en disputa y Vidas precarias. También sugeriría las lecturas de Tomaz Tadeu da Silva, especialmente Documentos de identidade; Guacira Lopes Louro, especialmente Um corpo estranho y O corpo educado; y Richard Miskolci (Teoria queer: um aprendizado pelas diferenças). Para las profesoras y los profesores de lenguas, resultará muy significativa la lectura de Por uma lingüística aplicada indisciplinar, publicado en 2006 y organizado por Luiz Paulo da Moita Lopes (en donde podréis encontrar, además de los textos de Moita Lopes sobre la lingüística aplicada en la contemporaneidad, un excelente texto de Pennycook sobre lingüística aplicada transgresiva). Os recomiendo que busquéis también los trabajos de Rodrigo Borba y Daniel do Nascimento e Silva y la tesina de Álvaro Monteiro Carvalho sobre literacidad queer (letramento queer). Otro autor que merece nuevas lecturas es Néstor Perlongher, quizás unos de los precursores de los estudios queer en Latinoamérica (se publicó en 2008 una nueva edición de Negócio do michê, con un prefacio de Richard Miskolci y Larissa Pelúcio). De todos modos, hoy en día ya hay muchos trabajos producidos bajo la perspectiva queer y podréis encontrar mucha publicación sobre el tema.

AltaVoz: Uno de los principales retos de la academia es hacer con que el conocimiento que se produce sea realmente importante para la sociedad como un todo. ¿Cómo ve esa cuestión en relación con la teoría queer en Brasil? ¿Hubo avances o aún hay mucho que hacer?

Antón: Como ya he dicho, trabajar bajo la perspectiva queer es disponerse a desaprender, en todos los sentidos. Es desconfiar de todo lo que se nos impone como verdad (o, por lo menos, problematizar y desconstruir las verdades). En la academia, como podéis imaginar, el conocimiento se construye desde la perspectiva hegemónica (podréis preguntaros, por ejemplo, a cuántas autoras y autores negros habéis leído en la universidad – y no me refiero exactamente a la literatura). De este modo, entiendo como fundamental lo que plantea la lingüista aplicada Branca Fabrício: hay que darles voz a quienes están en el sur, en la periferia, puesto que todo el conocimiento se construyó en el norte y en el centro, para que se puedan construir otros entendimientos sobre el mundo, quizás más creativos (menos violentos y más solidarios). Respecto al currículo de la carrera de Letras, que nos interesa especialmente, también hay desafíos importantes que abarcan no solo incorporar en la formación de las y los estudiantes discusiones sobre las categorías identitarias desde otras voces que no sean únicamente las hegemónicas, sino también reflexionar sobre nuestro papel como profesoras y profesores de lenguas y el compromiso en crear espacios de enseñanza y aprendizaje menos violentos y más solidarios (y perdonad que insista en ello). El aula es un espacio privilegiado de intenso intercambio en el que inciden no solo los saberes (los hegemónicos y los que se puedan construir), sino también la curiosidad, las afectividades y las subjetividades, tanto de estudiantes como de profesoras y profesores. Como bien lo plantea Deborah Britzman, no se trata de defender una identidad queer en el aula, puesto que lo queer no es una identidad (incluso porque desvela la precariedad de cualquier identidad, sus convenciones y reglas), sino de reconocer el cuerpo, las performatividades y las afectividades como políticos e involucrados en la construcción de los saberes. Respecto al diálogo entre universidad y sociedad, me parece importante un movimiento de incorporar  (o, por lo menos, no menospreciar) a la universidad los saberes que se construyen fuera del eje académico. Por ejemplo, preguntarnos qué pueden enseñarnos las travestis que se dedican al trabajo sexual en las calles sobre resistir políticamente, puesto que lo hacen prácticamente en todos los ámbitos de su vida, todos los días, incluso cuando van a la panadería a por pan, como muy bien nos relató una estudiante travesti de la UFSCar; qué pueden enseñarnos sobre el espacio urbano y políticas públicas quienes viven en los rincones menos atendidos por el estado; qué pueden enseñarnos los pequeños productores agrícolas sobre producción de alimentos más sostenible. Los ejemplos son muchos, pero lo más importante es entender que este movimiento pasa, como ya he dicho, por el desaprendizaje y que todo eso puede (y debe) plantearse también en las clases de lengua. Y pasa también por la transgresión, recuperando un poco la lectura de Pennycook (“Lingüística aplicada transgresiva” que se encuentra en el libro organizado por Moita Lopes en 2006).

AltaVoz: Volviendo a las clases, ¿podría contarnos cómo son sus clases de lengua española en UFSCar y cuáles son sus proyectos en la universidad?

Antón: Mis clases… pues, repito, un largo y continuo desaprendizaje. Este año, por ejemplo, me ha tocado llevar el curso de Introducción a la lengua española para estudiantes ingresantes. En una de las clases, hemos podido desarrollar un proyecto que ha resultado muy interesante y significativo para las/los estudiantes (y para mí también), que consistió en trabajar vídeos de youtubers sobre moda agénero, lo que posibilitó, además del trabajo con vocabulario de ropas/prendas de vestir, discutir temas como género, sexismo y prejuicios. En el primer examen, trabajamos otro vídeo –un episodio del programa MasterChef España– en que se retomaron contenidos lingüísticos y comunicativos (descripción física, datos personales, nacionalidades y ocupaciones/profesiones) y se discutió el machismo en los medios de comunicación a partir del comentario de una internauta sobre la actitud de uno de los jurados del programa al recalcar el desnudo de una de las candidatas y proponer que le dieran el delantal sin que ni siquiera tuviese que cocinar. Como se puede observar, son cosas sencillas y las podemos desarrollar todas y todos sin grandes dificultades, es decir, se puede trabajar lengua en un contexto significativo en que inciden cuestiones que nos afectan a todas y todos (entender el machismo y el sexismo como algo arraigado en la sociedad –¡y en el lenguaje!– y que necesita ser constantemente combatido, es, de algún modo, plantear una sociedad más igualitaria y solidaria).

Respecto a los proyectos más abarcadores, venimos ocupándonos en los últimos años en la construcción de una base epistemológica indisciplinar y transgresiva (aludiendo a Moita Lopes y Pennycook) a la que llamamos lingüística aplicada queer. En cuanto se formalice el grupo de investigación en la base del CNPq, os facilitaré más informaciones sobre el proyecto para quienes quieran incorporarse.

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Paseando a Baruk, en la USP São Carlos (Foto de Felipe Alves, acervo personal)

 

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